Retorno al Imperio Mixteco.

En abril de 1911 Enrique y Pantaleón Gómez Añorve ocuparon el pueblo de Ometepec, guerrero cerca del límite de con Oaxaca y lo convirtieron en el cuartel general de los maderistas en la Costa de Chica. El 30 de abril enviaron tropas que cruzaron el límite con Oaxaca en Lo de Soto y después pasaron por los poblados de Maguey, Llano Grande, Buena Vista, Cacahuatepec, San Antonio Ocotlan, Sayultepec, Camotinchan, Ixcapa y Cortijos, prendieron la llama revolucionaria en la Costa Chica de Oaxaca. No hubo confrontaciones violentas pero los revolucionarios prendieron fuego a los archivos municipales y judiciales en cada pueblo que ocupaban. El 2 de mayo estas tropas, encabezadas por el teniente coronel Manuel Centurión, ocuparon la plaza de Pinotepa Nacional. El mismo día los rurales acuartelados en Jamiltepec, la cercana capital del distrito, dirigidos por el comandante Ramón Cruz, se levantaron en apoyo de la revolución maderista. Destituyeron a los porfiristas y nombraron nuevas autoridades.La historia de la revolución maderista en la costa chica es compleja y trágica. Fue un levantamiento agrario de los indígenas mixtecos que luchaban por revitalizar su antiguo reinado y por la distribución de las tierras tal como las prometía el Plan de San Luis Potosí. No obstante, fue reprimido por los rancheros “Revolucionarios” junto con las tropas maderistas de Guerrero.50 Apodado el “nuevo reino mixteco” o el “imperio de los once días”, este episodio formo uno de los momentos más extraordinarios de la Revolución Mexicana.La costa chica se había beneficiado de la política económica porfirista y disfrutaba de una considerable prosperidad basada en el ganado y la producción de algodón y tabaco. Aunque dos influyentes familias oligárquicas, Del Valle Y Gómez, dominaban la región, el crecimiento económico había ocasionado el desarrollo de una importante clase de rancheros. La revolución maderista provoco quienes se disputaban la propiedad de la tierra en Pinotepa Nacional y sus alrededores, donde trabajaban estos campesinos arrendatarios indígenas. Los campesinos insistían en que habían poseído esas tierras desde tiempo inmemorial y que estas les habían sido legadas por la anterior cacica de la región Margarita Rodríguez. No obstante varios rancheros se habían adjudicado esas tierras por medio de la Ley Lerdo en 1856. Los campesinos protestaban porque además de despojarlos de sus tierras, los nuevos propietarios les cobraban una renta excesiva y los obligaban a vender sus productos muy por debajo del precio de mercado.Al mismo tiempo, los rancheros tenían motivos de quejas contra el régimen porfirista/pimentalista: buscaban más autonomía regional y participación política y criticaban los elevados impuestos. Se daban cuenta de las ventajas de secundar la Revolución maderista, tal como lo hicieron otros rancheros en México, especialmente sus parientes y socios de negocios en el vecino estado de Guerrero. En este caso, sin embargo, la afiliación maderista de los rancheros locales se convirtió en un recurso para sofocar una rebelión agraria indígena.Cuando Centurión y sus tropas llegaron a Pinotepa, los mixtecos locales les pidieron apoyo para reclamar sus tierras. Centurión replico que atendería su caso después de su regreso de Acapulco. Mientras tanto, el presidente municipal de Pinotepa, el ranchero José Santiago Baños y el cacique local, Pedro Rodríguez, arrestaron a Domingo Ortiz, el dirigente indígena, por estar “Trastornado” la paz y amenazaron con ejecutarlo. Esto galvanizó a la gente del lugar y un grupo de mixtecos se apresuro a ir a Ometepec para hablar con Enrique Añorve, el jefe revolucionario. Añorve mandó al capitán Cristóbal Cortez y a sus tropas a Pinotepa para encontrar una solución al problema. En Pinotepa los mixtecos llevaron a Cortés y a sus soldados directamente al palacio municipal para hablar con las autoridades locales que eran todos rancheros. Esta reunión rápidamente se convirtió en una confrontación sangrienta en la cual Rodríguez, Baños, el jefe de la policía Jesús Carmona, Cortés y un indígena de Igualapa resultaron muertos.Para las autoridades supervivientes de la Costa, el ex porfirista Manuel Iglesias y el clan Baños, los mixtecos habían sido azuzados por los “malos” dirigentes para amenazar la paz y el sistema de propiedad privada. Inmediatamente después de la balacera, los hermanos baños galoparon a Ometepec para buscar ayuda de Añorve e informarle de las “atrocidades” mixtecas. Convencieron a Añorve y él los nombro representantes oficiales maderistas en la Costa Chica de Oaxaca. Los rancheros de Pinotepa se habían maderistas instantáneos para ganar el apoyo de Añorve y acabar con las pretensiones agrarias de los indígenas. Ahora capitaneado por Juan José Baños, los Rancheros “Revolucionarios” buscaron ganar el control político de la Costa mientras tacharon a los mixtecos de “reaccionarios”.Entretanto, en Pinotepa, los mixtecos habían liberado a Domingo Ortiz de la cárcel y tomado el control de la ciudad. Prospero Melo, del pueblo de Cacahuatepec y veterano de la revuelta de 1886 contra los impuestos en Juquila, también llego a la escena. Aunque antes Añorve le había nombrado capitán, Melo guio la protesta indígena durante varios días, supervisando la toma de títulos de propiedad de las tierras en disputa, arrebatados a los terratenientes a punta de escopeta. Domingo Ortiz y la gente indígena de Pinotepa movilizaron su cultura y memoria étnica para formular una extraordinaria estrategia alternativa: la revitalización del recordado imperio precolombino mixteco. Designaron a una “reina” para este imperio, María Benita Mejía, una mujer de pocos recursos, quien no obstante imponía respeto, dado que supuestamente descendía de la nobleza mixteca (entre la cual la mujeres gobernantes no eran algo fuera de lo común). Le encontraron un palacio apropiado, irónicamente la confortable casa de María Aguirre, una comerciante local que se había convertido en una protagonista del grupo de los Rancheros. Los mixtecos organizaron un Consejo de Ancianos para discutir los problemas políticos. Nombrando cónsul de las fuerzas imperiales, Domingo Ortiz formó un registro de tributarios de acuerdo con la costumbre mixteca. Envió mensajeros a los pueblos indígenas de la región (hasta lugares tan alejados como Yanhuitlán y Coixtlahuaca en la Mixteca Alta) incitándoles para que se unieran al nuevo gobierno mixteco como vasallos que pagaban tributo. El consejo envolvió los títulos de propiedad de la tierra en una bandera mexicana para mantenerlos seguros. Así fue que en los últimos días de mayo, cuando la atención del resto del país estaba clavada en la agonía de la dictadura de Díaz, la costa chica de Oaxaca vivía el único movimiento indígena revitalizador de la Revolución Mexicana (1910-1920), el efímero renacimiento del imperio mixteco.Los rancheros maderistas de Pinotepa aliados con las tropas revolucionarias de Guerrero reprimieron brutalmente el movimiento después de 11 días. Una descendiente de los mixtecos de Pinotepa narro más tarde el desenlace tal como lo había escuchado en su niñez:

De improviso apareció Juan José Baños, a la cabeza de una tropa numerosa y aguerrida. No sé lo que nos pasó (…) Fue el terror, fue el pánico, Huimos despavoridos, ni siquiera intentamos luchar. Prospero Melo se sometió con la bandera de Igualapa. Aquella desgracia sucedió el 29 de mayo:

-¿Qué pasó con los títulos de Propiedad?

-Juan José Baños los encontró envueltos en la bandera tricolor, y los restituyó a sus presuntos dueños quienes los conservan todavía.

¿Y la reina?

-vivió diecisiete años más, en su mísera choza. Reposa en el panteón de Pinotepa Nacional. ¿Quiere visitar su Tumba?

Tibón, Pinotepa Nacional, 31. Con respecto a la memoria étnica local, es significativo que aunque no había “ninguna cruz ni piedra”, esta descendiente sabía exactamente dónde estaba enterrada María Benita.

Al igual que con otras confrontaciones étnicas en Oaxaca, ésta no fue sólo un conflicto político o económico sino también cultural. Unos pocos meses más tarde los mixtecos de Pinotepa protestaron en una serie de peticiones ante el nuevo gobierno maderista del estado que estaban siendo “estropeados y tratados como esclavos” por las autoridades locales. Una de las peticiones llevaba 500 firmas mostrando un considerable apoyo popular para su causa. En respuesta, el jefe político de Jamiltepec se quejó usando el conocido discurso de la contrainsurgencia de que los mixtecos ya no eran “pasivos”, como sus ancestros lo habían sido: “constantemente se ve, y recurriendo al archivo del Poder judicial se comprobaría la criminalidad de estos individuos contra la raza blanca o de razón, que el indio siempre está riñendo con el de razón”. En sus subsiguientes denuncias ante el gobierno federal, los rancheros acusaron a los mixtecos no sólo de asesinato sino también de castrar a las autoridades de Pinotepa. Tachaban a los pueblos indígenas de “carnívoros salvajes” ansiosos de devorar su propiedad y de masacrar a todos los blancos. Mientras que los rancheros de la clase media consideraban su confrontación con un movimiento agrario indígena como lucha entre la civilización y la barbarie, los pueblos indígenas buscaban el significado en su propia memoria étnica.

En este caso de “resistencia política étnica”, los indígenas mixtecos rechazaban la cultura mestiza dominante y reafirmaban su propia cultura tal como estaba expresada en sus usos y costumbres desde tiempo inmemorial. No obstante, el nuevo imperio mixteco de 1911 había sido inventado de fragmentos de diferentes culturas y de distintos momentos históricos. Creando un orden simbólico alternativo, se apropiaron e invirtieron diversos símbolos culturales: los títulos de propiedad coloniales envueltos en la bandera de la nación mexicana y puestos bajo la custodia de un Consejo de Ancianos mixtecos y una reina de una era precolombina imaginada e idealizada. Ciertamente éste es un ejemplo de la creación dinámica de la etnicidad en confrontación con un “otro”. Pero a pesar de esta extraordinaria mediación cultural, la “gente decente” prevaleció una vez más, apropiándose del título de auténticos maderistas en una coyuntura oportuna para reprimir las demandas de los mixtecos y su orden cultural alternativo, enarbolando la bandera de la Revolución de la cual los pueblos indígenas al principio habían buscado que se les hiciera justicia.

Fuente tomada del libro oaxaca entre el liberalismo y la revolución/ la perspectiva del sur (1867-1911) francie r. Chassen-lopez- capitulo tres/ revolución en el sur-pagina 622-627

Desde su aparición,  en el idioma inglés, from liberal to revolutionary oaxaca: the view from the south, méxico, 1867-1911, (penn state university press, 2004), este libro ha sido objeto de excelentes reseñas que destacan su importancia, tanto en revistas extranjeras como mexicanas.

Recibió el premio thomas mcgann del rocky mountain council for latin american studies por el mejor libro publicado sobre América latina en 2004.

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